Un camino histórico y psicológico en la agresividad

Paolo Miglionico, 1996

Capítulo I. Fromm, Lorenz y Skinner

A mediados de la década de 1960, la publicación de varios libros que trataban la agresión humana hizo que, por fin, el público en general valorase con interés este tema. En particular, el libro de Konrad Lorenz, Sobre la agresión: el pretendido mal, publicado en 1966, que fue un gran éxito de ventas en todo el mundo, fue el detonante de tal interés. Lorenz, importante conocedor del campo del comportamiento animal (en particular de peces y aves), decidió aventurarse en un área en la que tenía poca experiencia o competencia: el comportamiento humano. Erich Fromm, en su Anatomía de la destructividad humana, sostiene que la obra de Lorenz, aunque haya sido rechazada por muchos psicólogos y neurólogos, ejerció una profunda impresión en la mente de un vasto sector de la comunidad culta, muchos de cuyos componentes aceptaron la opinión de Lorenz como la solución definitiva al problema. Tanto esta obra como otras aparecidas contienen en lo fundamental la misma tesis: el comportamiento agresivo del ser humano, manifestado en la guerra, el crimen y cualquier comportamiento destructivo y sádico, se debe a un instinto innato, programado filogenéticamente, que busca su descarga y espera la ocasión apropiada para manifestarse.

Fromm llega a afirmar que el gran éxito del neoinstintivismo de Lorenz acaso se deba, más que a la solidez de sus argumentos, a que la gente fuera muy susceptible a ellos. Desde luego, para la mayoría de personas era (o es) mucho más fácil aceptar una teoría que nos asegura que la violencia surge de nuestra índole animal, de un impulso ingobernable hacia la agresión y que lo mejor que podemos hacer, como dice Lorenz, es comprender la ley de la evolución animal que explica el poder de ese impulso. Para Fromm, esta teoría de la agresividad innata fácilmente se convierte en ideología que contribuye a calmar el temor de lo que sucederá y a racionalizar la sensación de impotencia.

Otra teoría dominante es la del conductismo (Skinner), teoría que, a diferencia del instintivismo, no se interesa en las fuerzas subjetivas que impulsan al ser humano a obrar de determinado modo; no le preocupa lo que él siente, sino sólo el modo que tiene de conducirse y el condicionamiento social que configura su comportamiento. Para Fromm, la alternativa entre instintivismo y conductismo no es favorable al progreso teórico. Ambas posiciones son «monoexplicativas», dependen de preconcepciones dogmáticas y se requiere de los investigadores que hagan encajar los datos dentro de una u otra explicación.

Fromm nos dice que debemos distinguir en el ser humano dos tipos de agresión completamente distintas. La primera, que comparte con todos los animales, es un impulso filogenéticamente programado para atacar (o huir) cuando están amenazados intereses vitales. Esta agresión benigna, defensiva, está al servicio de la supervivencia del individuo y de la especie, es biológicamente adaptativa y cesa cuando da fin la amenaza. El otro tipo de agresión, maligna, es decir, la crueldad y destructividad, es específica de la especie humana y se halla virtualmente ausente en la mayoría de los mamíferos; no está programada filogenéticamente ni es biológicamente adaptiva; no tiene ninguna finalidad y su satisfacción es placentera. Él cree que buena parte de la discusiones sobre instintivismo, conductismo y otras teorías sobre agresividad estaban viciadas de inicio por el hecho de no distinguir entre estos dos géneros de agresión, cada uno de los cuales tiene distinto origen y diferentes características.

La agresión defensiva es ciertamente parte de la naturaleza humana, aunque no sea un instinto innato, como suele llamársele; el mismo Lorenz (Sobre la agresión el pretendido mal - 1965) modificó el concepto de innato reconociendo la presencia simultánea del factor aprendizaje. La paleontología, prosigue Fromm, y la historia proporcionan abundantes pruebas contrarias a la tesis instintivista. Entre otras: 1) los grupos humanos difieren de modo tan fundamental en el grado de destructividad que los hechos difícilmente podrían explicarse suponiendo que la destructividad y la crueldad sean innatas; 2) diversos grados de destructividad pueden tener correlación con otros factores psíquicos y con diferencias en las estructuras sociales respectivas; y 3) el grado de destructividad aumenta a medida que lo hace el desarrollo de la civilización, no al contrario. Si el ser humano sólo estuviera dotado de la agresión biológicamente adaptativa que comparte con sus antepasados animales, sería un ente relativamente pacífico.

Fromm cree que la distinción entre agresión benigna defensiva y agresión maligna destructiva requiere una distinción ulterior, más significativa, entre instinto y carácter o, mejor, entre los impulsos arraigados en las necesidades fisiológicas (impulsos orgánicos) y las pasiones específicamente humanas arraigadas en su carácter. Fromm intentó demostrar que el carácter es la segunda naturaleza o índole del hombre, que reemplaza a sus instintos, poco desarrollados, y que las pasiones humanas (amor, ternura, libertad, así como el placer de destruir, el sadismo, el masoquismo, el ansia de poder y de poseer) son respuestas a las necesidades existenciales, originadas a su vez en las condiciones mismas de la existencia humana. En otras palabras, los instintos son soluciones a las necesidades fisiológicas del ser humano, y las pasiones están condicionadas por el carácter.

El ser humano difiere del animal por el hecho de ser el único primate que mata y tortura a miembros de su propia especie sin razón alguna biológica ni económica y siente satisfacción al hacerlo. En el mundo animal la agresión debe separarse en tres clases: 1) la rapaz o depredadora; 2) la intraespecífica (contra animales de la misma especie) y la interespecífica (contra animales de otras especies). Entre los estudiosos del comportamiento animal hay acuerdo en que las pautas de comportamiento y los procesos neurológicos de la agresión depredadora no son análogos a los demás tipos de agresión animal y, por ello, deben ser tratados separadamente.

En cuanto a la agresión interespecífica, la mayoría de los observadores concuerdan en que los animales raramente matan a los miembros de otra especie, salvo para defenderse, es decir, cuando están en peligro y no pueden huir. Esto limita el fenómeno de la agresión animal principalmente a la agresión intraespecífica, es decir, la agresión entre animales de la misma especie.

La agresión intraespecífica presenta las siguientes características: en la mayoría de los mamíferos no es sangrienta, no apunta a matar, dañar o torturar, sino que esencialmente es una postura de amenaza que actúa como advertencia. En general vemos a los mamíferos disputar, reñir o amenazar mucho, pero muy pocos combates sangrientos y muy poco destrozo como el que vemos en el comportamiento humano. Sólo en algunos insectos, peces, aves, y en las ratas entre los mamíferos, está presente el comportamiento destructivo.

Al estudiar la agresión entre los animales, sobre todo entre los primates, y comparando las diferencias entre animales en libertad y animales en cautividad se llegó a conclusiones muy interesantes. Las observaciones mostraron que los primates en libertad daban señales de poca agresividad, mientras que los recluidos en parques zoológicos se mostraban excesivamente destructivos.

De los múltiples estudios hechos sobre la agresividad incrementada en los primates en cautividad (también sobre otros mamíferos los resultados han sido iguales), parece deducirse que el hacinamiento o densidad de población excesiva es la principal condición para el aumento de la violencia. Sin embargo, no nos dice cuáles son los factores del hacinamiento responsables de la mayor agresión.

Estudios posteriores (como el de Southwich) indicaron, no obstante, que en el hacinamiento por lo menos debemos distinguir dos elementos: uno es la reducción de espacio, el otro, la descomposición de la estructura social.

A partir de estos descubrimientos, algunos estudiosos, como Leyhausen, se preguntaron si el hacinamiento también podría ser una causa importante de agresión en los humanos.

Fromm consideró que estas teorías soslayaban el hecho de que el problema del hacinamiento contemporáneo se desdobla a su vez en dos: la destrucción de una estructura social viable (principalmente en las regiones industrializadas) y la desproporción entre el volumen de población y el sustrato económico y social de su existencia, sobre todo en las áreas menos industrializadas.

Este autor afirma que puede mostrarse con muchos ejemplos que no es la densidad de población en sí, sino la falta de estructura social, de vínculos comunes genuinos y de interés por la vida lo que causa la agresión humana. En algunos países, como Bélgica y Holanda, dos de las regiones más densamente pobladas en el mundo –recuerdo al lector que la obra comentada se publicó hace más de veinte años–, la población no se caracteriza precisamente por una marcada agresividad. Asimismo, sería difícil hallar más hacinamiento que en Woodstock o la isla de Wight durante los célebres festivales juveniles, pero en ambos la agresividad brilló notoriamente por su ausencia.

Para Fromm estos ejemplos tienden a mostrar que no es el hacinamiento en sí, sino las condiciones sociales, psicológicas, culturales y económicas las que causan la agresión.

Uno de los puntos más importantes en la cadena de explicaciones a la agresión humana que expone Lorenz es la hipótesis de que en el ser humano, a diferencia de los animales depredadores, no se han formado inhibiciones instintivas que impidan matar a sus congéneres, y lo justifica suponiendo que el hombre, como todos los animales no rapaces, no tiene armas naturales tan peligrosas como las garras, por ejemplo, y por ello no necesita de tales inhibiciones...

Fromm se pregunta si es realmente cierto que el hombre no tiene inhibiciones contra el acto de matar. Para él, existen algunas pruebas, en el sentido de que tales inhibiciones podrían existir y que al acto de matar puede seguirle un sentimiento de culpa.

En las reacciones de la vida cotidiana es fácil descubrir que el elemento de familiaridad y endopatía desempeña un papel en la generación de inhibiciones contra la muerte de animales, por ejemplo. Muchas personas muestran una decidida aversión a matar y comer un animal con el que estén familiarizado o que tengan como favorito en casa, como un conejo o un cabrito. Muchas son las personas que no matarían a una mascota o animal doméstico y a las que repele claramente la idea de comérselo. Esas mismas personas, por lo general, no vacilan en comer otro animal semejante cuando falta este elemento de endopatía. Pero no sólo hay una inhibición contra la muerte de los animales conocidos individualmente, sino también en cuanto se tiene un sentido de identidad con el animal como ser vivo.

No es improbable que también haya inhibición en relación con matar a otros seres humanos, con tal de que esté presente un sentido de identidad y endopatía.

En la sociedad actual, como en las anteriores, en caso de guerra todos los gobiernos intentan despertar en sus súbditos el sentimiento de que el enemigo no es humano. No se le llama por su propio nombre, sino por otro, como en la Primera Guerra Mundial, durante la cual ingleses y franceses denominaban respectivamente a los alemanes «hunos» y «boches». Hitler hizo lo mismo, calificando a todo enemigo político que quisiera aniquilar de «infrahumano». En la guerra de Vietnam se dieron bastante ejemplos que indicaban como muchos soldados norteamericanos tenían escaso sentido de endopatía respecto a los vietnamitas, a los que llamaban «chales». Prescindieron incluso de la palabra matar y hablaban de eliminar o desechar.

Un modo de despojar al otro de su cualidad de persona es también cortar todos los lazos afectivos con él. Esto se halla en forma de estado espiritual permanente en ciertos casos patológicos graves, pero puede darse asimismo transitoriamente en alguien que no sea un enfermo. No importa que el objeto de la agresión sea un extraño, un pariente cercano o un amigo, lo que ocurre es que el agresor «corta» emocionalmente al otro y no lo toma en cuenta para nada. El otro deja de ser visto por el agresor como un ser humano y se convierte en «ente que está por ahí». En estas circunstancias no hay inhibiciones, ni siquiera contra las formas más graves de destructividad. Para Fromm, ésta es una buena prueba de evidencia clínica a favor de la hipótesis de que la destrucción agresiva se produce, al menos en buena parte, en conjunción con una retracción emocional momentánea o crónica.

Lorenz emplea datos sobre animales referentes a la agresión intraespecífica y no a la agresión entre especies diferentes. La cuestión que se presenta es saber si realmente podemos estar seguros de que los humanos en sus relaciones con otros seres humanos los sienten congéneres y reaccionan por ello con pautas de comportamiento preparadas genéticamente para los congéneres. De hecho, en muchos experimentos con animales se ha demostrado que incluso éstos pueden ser engañados y hacérseles vacilar acerca de cuáles son de su misma especie.

Precisamente por tener el ser humano un bagaje instintivo mucho menor que cualquier otro animal no reconoce ni identifica tan fácilmente como los animales a sus congéneres. Para el hombre, determina quién es congénere y quién no el idioma diferente, las costumbres, la vestimenta y otros criterios que percibe la mente, no los instintos, y todo grupo que resulta ligeramente distinto se entiende que no participa de su misma humanidad. De ahí la paradoja de que el ser humano, precisamente por no tener bagaje instintivo, tampoco tenga conciencia de la identidad de su especie y para él es como si el extranjero o extraño perteneciera a otra especie. En una palabra, según Fromm, es la índole de humanidad del hombre la que lo hace tan inhumano.

Si estas consideraciones de E. Fromm son atinadas, la causa de Lorenz se hunde, porque todos sus razonamientos y las conclusiones a que llega se basan en la agresión entre miembros de la misma especie. En este caso se plantearía un problema enteramente distinto: el de la agresividad innata de los animales contra los miembros de otras especies.

Capítulo II. Sigmund Freud, el psicoanálisis y la agresividad

El gran paso hacia adelante que dio Freud respecto a los instintivistas antiguos, y en particular McDougall, fue unificar todos los «instintos» en dos categorías: los instintos sexuales y el instinto de conservación del individuo.

Freud había dedicado relativamente poca atención al fenómeno de la agresión mientras consideró que la sexualidad (libido) y la conservación del individuo eran las dos fuerzas que predominaban en el hombre. A partir de la década de 1920, la situación cambió por completo. En The ego and the id (1923) y en sus obras posteriores postuló una nueva dicotomía entre el instinto o instintos de vida (Eros) y el instinto o instintos de muerte (Tánatos). Y describía la nueva fase teórica del modo siguiente: «Partiendo de las especulaciones del comienzo de la vida y de paralelos biológicos llegué a la conclusión de que, además del instinto de conservar la sustancia viva, debía haber otro instinto contrario que trataría de disolver esas unidades y hacerlas volver a su estado primitivo, inorgánico».

Según Freud, toca al Eros neutralizar al Tánatos, siendo la agresividad la resultante de la pulsión de muerte que no fue neutralizada y que ahora se dirige hacia fuera.

En 1908 Adler enunció la hipótesis de una pulsión agresiva autónoma, que Freud no aceptó en esa época.

Con Las pulsiones y sus destinos (1915) y Más allá del principio del placer (1920), asistimos a una verdadera remodelación del conjunto de la teoría de las pulsiones. La libido se convierte en pulsión de vida, mientras que una pulsión de muerte se le opone; pulsión de muerte a la cual Freud ha dado varios sentidos, desde un sentido concebible metapsicológicamente, ligado a la compulsión a la repetición, hasta un sentido netamente extrametapsicológico y en los límites de la problemática filosófica.

El impulso de vida tiende a la unión, empuja al individuo hacia los demás y se dirige hacia el establecimiento de unidades cada vez más amplias; su expresión psicológica se manifiesta en el amor. El impulso de muerte tiende a la disolución de los conjuntos o a impedir que éstos se formen, al retorno a lo inorgánico y, por tanto, al cese de la vida; se expresa en el odio, la agresividad y la destrucción.

Algunos autores consideran que en la literatura psicoanalítica, psiquiátrica y psicológica en general, el impulso de vida ha sido tratado de modo mucho más preferente que el de muerte; y ello seguramente por dos razones: porque la libido fue descrita primero y además porque, como dijo Freud, el reconocimiento del impulso de muerte hiere el concepto que el ser humano tiene de sí mismo y va en contra de muchas convenciones y prejuicios sociales (J. Coderch).

Las investigaciones de Melanie Klein y de sus discípulos y continuadores muestran el enorme interés que tiene la teoría dual de los impulsos para el estudio del psiquismo humano y para la comprensión de las perturbaciones del mismo. Sin duda, ambos impulsos se hallan íntimamente fusionados y normalmente no podemos observar a uno ni a otro en estado puro. Sin embargo, algunos aspectos del comportamiento humano, tales como actos de crueldad extrema, por una parte y de autosacrificio sin placer masoquista, por otra, hacen pensar en la posibilidad de una defusión casi total de ambos impulsos.

K. Abraham, y más tarde M. Klein, profundizaron y aclararon la idea de Freud de que los impulsos agresivos o de muerte siguen la misma pauta evolutiva que los impulsos sexuales, y que las zonas que marcan cada uno de los estadios de dicha evolución son las mismas para ambos impulsos. Así, la fase oral se subdivide en estadio de succión y estadio oral-sádico, en que predomina la actividad de morder. M. Klein ha demostrado que ya hay fines destructivos durante el estadio de succión. El devorar mordiendo es el segundo fin destructivo. En el primer estadio anal, el objeto es destruido a través de la expulsión de las heces, mientras que en el segundo estadio anal el control y la retención de las heces sustituyen, como finalidad agresiva, la completa destrucción del objeto. En el estadio final del desarrollo instintivo, el de la fase genital (al que no toda persona llega), la libido adquiere el predominio y el impulso de muerte queda ligado y sometido a ella.

Desde un punto de vista dinámico, el resultado de una situación conflictiva de la fase oral que no ha sido adecuadamente resuelta nos lleva a encontrarnos con distintos tipos de reacciones caracterológicas, entre ellas la personalidad pasivo-agresiva y la personalidad agresiva, que describiremos brevemente a continuación.

Personalidad pasivo-agresiva: los individuos que poseen esta estructura caracterológica presentan una mezcla de rasgos pasivos y agresivos. Suelen expresar su hostilidad hacia los demás en forma encubierta y a través de medios solapados y sutiles. En realidad, su agresividad tiene como principal finalidad conseguir la satisfacción de sus necesidades de dependencia y atención, pero sin que el sujeto llegue a ser consciente de las mismas, al mantenerlas siempre escondidas bajo la capa de racionalizaciones, justificaciones, alegatos de sus derechos, etc. Asimismo, su agresividad es desencadenada fundamentalmente por la frustración de tales deseos. Por el contrario, cuando los mismos son satisfechos, se muestran tranquilos y sumisos. En los distintos medios en que se mueven: social, laboral y familiar, estos individuos tienden a aceptar sin protestas determinadas condiciones que consideran intolerables, pero después manifiestan su descontento con críticas, actitud oposicionista y negativa, falta de colaboración, etc. En conjunto, podemos decir que, bajo su apariencia de conformismo, esconden siempre una tenaz hostilidad.

Personalidad agresiva: en este tipo de personalidad los impulsos hostiles y agresivos se presentan de una forma más franca y descubierta que en el anterior. La hostilidad se dirige especialmente hacia las figuras revestidas de autoridad frente al sujeto, las cuales pueden ser atacadas directamente o bien combatidas de forma más indirecta, con actitudes de suspicacia y recelo, con campañas de desprestigio, etc. Frente a iguales e inferiores, predomina la necesidad de imposición y poder. En algunas ocasiones, se manifiestan claramente actitudes antisociales y destructivas.

Psicodinámicamente, este tipo de personalidad deriva de la persistencia de los impulsos agresivos propios de la fase oral-sádica. La necesidad de combatir y dominar a los demás es, por otra parte, el resultado de una formación reactiva ante los sentimientos de abandono, la ansiedad por la pérdida del objeto y las necesidades de dependencia.

Está claro que se podría entrar en el campo de los trastornos del carácter más graves y que, aunque pertenecen al campo de la neurosis, desde luego y afortunadamente, son casos más extremos y patológicos. Este trabajo se ha propuesto hacer un breve recorrido en torno a la agresividad, pero no abordar la de carácter patológico. Los estudios a los que me he referido anteriormente son estudios sobre el ser humano medio, y no sobre sujetos clínicamente problemáticos. Por eso, aquí no hablaré de agresividad en psicóticos por ejemplo, pero sí pondré una nota sobre personalidades psicopáticas porque, a causa de la influencia del cine o de hechos reales, nos hemos encontrado con algo que siempre ha suscitado la curiosidad (a veces morbosa) de la mayoría de personas.

Las personalidades psicopáticas constituyen el núcleo central de las neurosis de carácter, con evidentes afinidades con las otras dos (perversiones sexuales y toxicomanías). Pero, mientras que en las personalidades psicopáticas los trastornos externamente manifiestos abarcan siempre la expresión global de la personalidad, en las toxicomanías y en las perversiones sexuales la alteración se halla más especializada y puesta de relieve en determinado sector del comportamiento. Naturalmente, en muchos casos coexiste la personalidad psicopática con la perversión sexual, con la dependencia de las drogas, o con ambas a la vez.

William y Joan McCord en su libro Psychopathy and delinquency nos dan la siguiente definición: el psicópata es un asocial. Su conducta lo lleva con frecuencia a graves conflictos con la sociedad, al ser impulsado por tendencias de tipo primitivo y por un exagerado deseo de excitaciones. En su egocéntrica búsqueda de la satisfacción de sus tendencias, ignora las restricciones impuestas por el ambiente social y cultural en que vive. El psicópata es altamente impulsivo; es un individuo para quien el momento presente es un segmento de tiempo desvinculado totalmente del pasado y del futuro. Sus acciones son improvisadas y guiadas por sus antojos. Es agresivo, debido a que no ha aprendido formas socialmente aceptables para derivar o manifestar sus frustraciones. Puede cometer los actos más execrables sin sentir remordimientos. No tiene apenas necesidad de amar. Estos dos últimos rasgos, falta de sentimiento de culpa e incapacidad de amar, caracterizan típicamente al psicópata como distinto de los demás seres humanos.

El Psychiatric Glossary define la personalidad psicopática como la propia de una persona cuyo comportamiento es predominantemente amoral y antisocial. Sus acciones son fundamentalmente impulsivas, irresponsables y dirigidas únicamente a satisfacer sus intereses inmediatos y narcisistas, sin ninguna preocupación por las obvias e implícitas consecuencias sociales, con ausencia de manifestaciones externas de ansiedad o remordimiento por su conducta.

Entre otros aspectos importantes del psicópata, se cuentan que éste no sólo no comparte los valores normativos de la sociedad en la que vive, sino que tampoco lo hace con aquellos cuya aceptación es necesaria para el completo desarrollo y realización de sus posibilidades dentro del grupo. Por ello, la historia biográfica de cualquier psicópata nos mostrará una vida incompleta, llena de frustraciones y fracasos en el orden social, familiar y profesional, sin que los innegables logros de algunos psicópatas lleguen a invalidar esta regla general. La capacidad de empatía se encuentra también gravemente perturbada y este individuo, con escasa capacidad para la misma, no consigue sentirse a sí mismo incluido en el mundo de los otros y permanece espiritualmente aislado, sin que le sea posible preocuparse más que de sus propios problemas y necesidades. Esta característica, junto con la peculiaridad de respuesta y(o) de pautas de comportamiento frente a un estímulo son una de las mayores dificultades con que se enfrentan el psicoterapeuta y el psiquiatra.

Capítulo III. Estudios sobre la influencia de los medios de comunicación en la violencia

¿Influyen las películas violentas sólo en las personas que padecen trastornos mentales o que tienen personalidades extremadamente agresivas? O, por el contrario, ¿puede la imagen de personas luchando estimular a individuos relativamente normales a mostrarse algo más agresivos de lo habitual?

A estas preguntas han intentado contestar varios investigadores; lo que seguirá es la síntesis de algunos estudios efectuados en la sociedad norteamericana en los últimos años.

En general, se supone que los espectadores de una película o programa no necesitan padecer trastornos mentales para ser afectados por lo que observan en la pantalla, pero también se cree que los posibles efectos perjudiciales de los programas de televisión o cine se limitan a los niños. Presumiblemente, los jóvenes aprenden que la agresión proporciona beneficios y que las personas pueden usar la violencia satisfactoriamente para lograr sus objetivos.

En la actualidad es frecuente oír hablar de crímenes de imitación y las pruebas muestran que no son necesariamente acontecimientos aislados. Dos investigadores, J. Macaulay y L. Berkowitz, recogieron los datos de los crímenes perpetrados en 40 ciudades americanas, que se hallaban registrados por el FBI, con el fin de determinar si los actos de violencia sensacionalista conducían a un aumento de los crímenes violentos a lo largo del país. Elaboraron un índice de los crímenes violentos basado en homicidios, ataques graves, violaciones y robos y usaron unos procedimientos estadísticos para controlar las variaciones en los índices de crímenes debidos a aspectos como tamaño de la ciudad y mes del año; descubrieron que había cambios inmediatos e inusuales como, por ejemplo, después de que el presidente J. F. Kennedy fuera asesinado en noviembre de 1963. Al mes del suceso hubo un aumento de crímenes muy superior al nivel habitual. Sin embargo, el índice de crímenes no violentos no parecen afectar de la misma manera (tampoco tienen la misma repercusión en la prensa o en la tele).

Las investigaciones más conocidas y las más controvertidas sobre el contagio de la violencia han sido efectuadas por el sociólogo D. Phillips, de la Universidad de California en San Diego. Aunque algunos de sus hallazgos han sido cuestionados, otros han sido confirmados por investigadores independientes.

Phillips inició sus estudios cuestionando si realmente se producían muchos suicidios por imitación. Tras elaborar una lista de unos treinta y cinco casos de suicidios acaecidos en todo el país entre 1947 y 1968, empleó los registros oficiales para determinar el numero de suicidios que se producían en Estados Unidos durante tres periodos: el mes anterior a cada caso de suicidio, el mes del suicidio y el mes siguiente. Los resultados pusieron de manifiesto que, cuando se consideraban conjuntamente los 35 incidentes cuya publicidad fue muy extendida, un número de personas mayor de lo que hubiera sido esperado normalmente, se quitó la vida durante el mes de la muerte de la persona famosa. Para el autor, este exceso en el número de suicidios no era especialmente alto; en general, se producían unos cincuenta y ocho suicidios más de lo habitual en todo el país, pero la extensión de la información tenía una influencia definitiva y estadísticamente significativa.

Las noticias de suicidios cuya divulgación era muy amplia conducían a un aumento importante en el número de personas que aparentemente los seguían. Por citar un ejemplo, el suicidio de Marilyn Monroe fue seguido por un aumento del 12% en América y del 10% en el Reino Unido. El autor mantiene que el contagio de suicidios es más frecuente de lo que se tiende a creer. Incluso determinados accidentes de tráfico y de aviación podrían ser suicidios deliberados. En una de sus investigaciones, Phillips señalaba que los accidentes de tráfico aumentaban más del 30% después de la publicidad de un suicidio, y que el punto álgido se producía tres días después.

Leonard Berkowitz nos dice que la repetida exposición a escenas violentas puede ayudar a fortalecer modos de conducta agresivo entre los niños. Aunque alguna investigación ha demostrado esta posibilidad (y otras han manifestado resultados contrarios), él cree que, en general y pese a haber algunas excepciones, existe una probabilidad significativa de que los niños que ven muchos programas violentos en televisión lleguen a ser adultos inusualmente agresivos. Los jóvenes que presencian a menudo escenas violentas pueden aprender guiones agresivos que les indicarán que la agresión es una forma habitual y apropiada de manejar los problemas interpersonales. Los niños son especialmente propensos a adquirir estos guiones (teoría del guión de Huesmann) si prestan mucha atención a la violencia divulgada y si las personas importantes de sus vidas no les enseñan que la agresión es una conducta indeseable. Los progenitores, educadores y los medios de comunicación pueden hacer mucho con la prevención y la educación en general, y esto vale por los casos de violencia, como también para que el niño desarrolle un carácter lo menos conflictivo posible en cualquier área de su futura vida adulta.

No podemos olvidar que muchas cosas pueden influir en la conducta futura y socialmente negativa de un niño, como por ejemplo la violencia doméstica, la frustración, la falta de un ejemplo adulto positivo con el que identificarse, etc. Y, por cierto, no podemos dejar de considerar muchos ejemplos de individuos crecidos en ambientes muy favorables y que, sin embargo, han desarrollado un carácter violento que, a primera vista, no tiene ninguna explicación psicosociológica.

La fascinación del mal

¿Qué podemos decir de este último caso? Una hipótesis, o mejor dicho una respuesta, la han dado en un estudio dos psiquiatras forenses y profesores de universidad que habían colaborado durante mucho tiempo con la justicia italiana elaborando informes psiquiátricos periciales. El libro, titulado Il fascino del male, analiza tres casos muy célebres de serial killers, que los autores tuvieron que examinar para que se pudiera saber el grado de voluntariedad o incapacidad personal de los acusados a la hora de emitir un juicio.

Este interesante documento analiza tres casos que impactaron mucho en la opinión pública italiana en los últimos años. Los autores transmiten el conocimiento directo de los acusados, madurado en el curso de las pericias, y elaboran un perfil detallado de la historia de estos hombres (hombres y no monstruos o locos, como la gente fácilmente los llama).

Los resultados fueron asombrosos y demostraron que no estaban «locos» ni mucho menos; su historia personal mostraba situaciones bastantes regulares y similares a la de multitud de personas, pero no había nada que pudiera explicar la transformación de estos hombres en asesinos en serie.

Los autores sostienen que todos tenemos integrado el concepto del mal, todos sabemos lo que está bien y lo que está mal. Y cada uno de nosotros cuando hace algo, sabe perfectamente lo que hace. ¿Que pasó, entonces, a estos hombres que, como se suele decir en términos jurídicos, eran conscientes de los actos que cometieron y por los que fueron condenados? No entran en la gran familia de los trastornos mentales y, sin embargo, han cometido algunos de los crímenes más espeluznantes, han matado sin estar «locos». Han matado porque ellos han elegido la fascinación del mal, es decir, como cualquier otra persona consciente de sus acciones, ellos han elegido en un momento el mal en lugar del bien. En todas las personas humanas está el bien y el mal, y a veces algunos eligen el mal.

En nuestra naturaleza siempre ha existido la ambivalencia: tenemos por un lado el amor evangélico, la solidaridad, etc. y, por otro, el odio y el placer del mal. Quien elige el mal, consciente de lo que hace (sin tener problemas mentales), ha hecho una elección, ha seguido la «fascinación del mal».

Capítulo IV. El suicidio

Aunque el miedo a la muerte es universal, es un hecho que, a lo largo de la historia, en todas las culturas y pueblos, un número relativamente constante de hombres y mujeres se matan intencionadamente. Estudios recientes calculan que el 11% de la población adulta de Occidente ha deseado la muerte en algún momento de su vida. Según la Organización Mundial de la Salud, actualmente 1.200 hombres y mujeres se suicidan cada día en el mundo; por cada persona que llega hasta al final, veinte lo intentan sin éxito.

No cabe duda de que el suicidio es una agresión a uno mismo y, muy a menudo, también una agresión dirigida a los que nos rodean. El suicidio es la muerte más cruel para los que se quedan atrás. A lo largo de los tiempos, una línea imborrable de culpabilidad, pena, traición, desconcierto y desolación ha vinculado a los supervivientes. Alguien ha dicho que quienes se quitan la vida son profundamente egoístas, no cumplen con las reglas del juego, «se van de la fiesta» demasiado pronto y dejan al resto de los invitados penosamente incómodos. En el fondo al suicida se le repudia porque él nos rechaza tanto.

Todavía es difícil explicar con certeza el suicidio, dependemos exclusivamente de conjeturas retrospectivas de sus vidas pasadas o de los recuerdos de quienes llevan a cabo intentos frustrados. Por otra parte, sólo uno de cada cinco suicidas deja una nota con sus últimas reflexiones o deseos.

A lo largo de la historia el significado del suicidio y las actitudes sociales hacia quienes se matan han variado considerablemente y, sobre todo, han variado las interpretaciones que se han dado a la vida y a la muerte. En el transcurso de los siglos se ha pasado de considerar el suicidio un acto casi normal y totalmente aceptado (por ejemplo, en el Antiguo Egipto), a un acto repugnante o digno de una condena como si fuese un pecado contra Dios (en la cultura cristiana), o bien un gran gesto de heroísmo y de honor para los japoneses.

Solamente en el siglo xviii el suicidio pasó de ser considerado un dilema moral o filosófico a un problema médico y social. El sociólogo francés Émile Durkheim realizó uno de los primeros intentos de analizar científicamente el problema. Sus conclusiones lo llevaron a enunciar la hipótesis de que la incidencia del suicidio correspondía al grado de desintegración social. Explicaba el suicidio como un síntoma del malestar social, un producto de las fuerzas colectivas de destrucción; en su opinión, en un país cuanto más integrado estuviese el individuo dentro del grupo, la familia, la religión o la comunidad, menos común era el suicidio.

Durkheim describió tres tipos de suicidio en los seres humanos. El suicidio anómico ocurre cuando se producen grandes cambios sociales a los que el individuo no se puede adaptar; el suicidio egoísta, cuando las personas no están debidamente integradas en la sociedad, y el suicidio altruista, que se da entre individuos excesivamente integrados con el grupo, que se inmolan por el bien de los demás.

En el presente la realidad actual del suicidio es que, a pesar de muchas explicaciones y teorías sociológicas, aún no sabemos con seguridad por qué, en el mismo medio cultural y dadas las mismas condiciones sociales, unas personas se quitan la vida y otras no. Las posibles causas de estas diferencias personales se esconden entre una maraña de contradicciones. Por ejemplo, mientras Finlandia, Dinamarca y Suecia se cuentan entre los países del mundo con tasas más elevadas de suicidio, Noruega, un pueblo de estructura social muy parecida, ocupa uno de los lugares más bajos. Igualmente, aunque el suicidio tiende a ser menos frecuente en los países de tradición religiosa católica como Irlanda o Italia, Austria, a pesar de ser un país predominantemente católico, es una de las naciones donde el suicidio es más común.

Tampoco sabemos por qué el índice de suicidios en Hungría es veinte veces más alto que en México, en Copenhague es el triple que en Nueva York y en España se ha duplicado en la última década. Otra incógnita es por qué en Estados Unidos los blancos se suicidan más que los negros, los ricos más que los pobres, o los lunes de primavera son los días más fatídicos a este respecto.

El suicidio, sin embargo, es con frecuencia el recurso más trágico ante la depresión, un mal colectivo que ha invadido recientemente la comunidad occidental. La prevalencia del síndrome depresivo no sólo aumenta en los países industrializados, sino que las nuevas generaciones son más vulnerables a esta aflicción. La posibilidad de que una persona nacida después de 1990 sufra en algún momento de su vida sentimientos profundos de tristeza, apatía, impotencia, desesperanza y auto desprecio es el doble que la de sus padres y el triple que la de sus abuelos. En cierto modo, se puede decir que de padres narcisistas están naciendo hijos melancólicos (Luis Rojas Marcos).

Para los psicoanalistas, el suicidio es una especie de autoasesinato, un homicidio invertido en el que el odio dirigido a otra persona es desviado hacia uno mismo. Freud consideró en 1913 que el impulso suicida es siempre un autocastigo por el deseo de matar a otro. Según esta teoría, nadie se quita la vida sin haber deseado antes eliminar a un semejante. Los sentimientos de hostilidad del suicida son abrumadores y se reflejan en deseos de matar, de ser asesinado y de morir. La venganza, consciente o inconsciente, es un motivo poderoso que subyace detrás de muchos suicidios, aunque es obvio que el daño que se inflige a quienes quedan atrás es más psicológico que físico.

Otras razones frecuentes para la autodestrucción son el deseo de expiar una culpa, la necesidad de escapar de una humillación y el anhelo de reunirse con alguien querido ya fallecido. La mayoría de los suicidas persiguen, consciente o inconscientemente, hacer realidad sus fantasías, tanto de poder o de control como de sacrificios, de rescate o de volver a nacer.

El psiquiatra Luis Rojas Marcos acaba un estudio sobre el suicidio con estas consideraciones: «los vacíos que dejan los seres cercanos que se mueren definen quiénes somos los que nos quedamos. Con el tiempo, los paisajes de nuestras vidas se llenan de cráteres, como la superficie de la Luna; pero el cráter que causa el suicidio es doblemente profundo, es más doloroso aún que la muerte natural de la persona querida. De hecho, son muchos los que no logran superar la inmolación de un allegado y, aunque paulatinamente sus vidas vuelvan a la normalidad, esa normalidad es ahora diferente. Pienso que la razón principal es que no encuentran la respuesta al porqué, nunca logran la explicación última de lo ocurrido. Pues la lógica del suicidio es diferente, es como el argumento indescifrable de una pesadilla: un enigma».

Bibliografía

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